El destino del Mundo

Dios creó nuestra historia y a ÉL nos debemos

viernes, 13 de noviembre de 2020

PROFECIA DE 1915

Los momentos penosos que vivió el pueblo de Dios en tiempos de Ester no caracterizan sólo a esa época. El revelador  ( el apostol JUAN), al mirar a través de los siglos hasta el fin del tiempo, declaró: “Entonces el dragón fué airado contra la mujer; y se fué a hacer guerra contra los otros de la simiente de ella, los cuales guardan los mandamientos de Dios, y tienen el testimonio de Jesucristo.” Apocalipsis 12:17.

Algunos de los que viven hoy en la tierra verán cumplirse estas palabras.

El mismo espíritu que en siglos pasados indujo a los hombres a perseguir la iglesia verdadera, los inducirá en el futuro a seguir una conducta similar para con aquellos que se mantienen leales a Dios. Aun ahora se están haciendo preparativos para ese último gran conflicto.

El decreto que se promulgará finalmente contra el pueblo remanente de Dios será muy semejante al que promulgó Asuero contra los judíos. Hoy los enemigos de la verdadera iglesia ven en el pequeño grupo que observa el mandamiento del sábado, un Mardoqueo a la puerta. La reverencia que el pueblo de Dios manifiesta hacia su ley, es una reprensión constante para aquellos que han desechado el temor del Señor y pisotean su sábado. 

Satanás despertará indignación contra la minoría que se niega a aceptar las costumbres y tradiciones populares. Hombres encumbrados y célebres se unirán con los inicuos y los viles para concertarse contra el pueblo de Dios. Las riquezas, el genio y la educación se combinarán para cubrirlo de desprecio. Gobernantes, ministros y miembros de la iglesia, llenos de un espíritu perseguidor, conspirarán contra ellos. De viva voz y por la pluma, mediante jactancias, amenazas y el ridículo, procurarán destruir su fe. Por calumnias y apelando a la ira, algunos despertarán las pasiones del pueblo. No pudiendo presentar un “Así dicen las Escrituras” contra los que defienden el día de reposo bíblico, recurrirán a decretos opresivos para suplir la falta. A fin de obtener popularidad y apoyo, los legisladores cederán a la demanda por leyes dominicales. Pero los que temen a Dios no pueden aceptar una institución que viola un precepto del Decálogo. En este campo de batalla se peleará el último gran conflicto en la controversia entre la verdad y el error. Y no se nos deja en la duda en cuanto al resultado. Hoy, como en los días de Ester y Mardoqueo, el Señor vindicará su verdad y a su pueblo. 





miércoles, 14 de octubre de 2020

¿ES NECESARIO EL BAUTISMO?

 Durante mi estudio personal comencé a darme cuenta de que

el verdadero cristianismo no es solo creer en la persona de Cristo,

sino creer en su MENSAJE y actuar conforme a éste. Entendí que

un verdadero cristiano debe entregarse por completo a Cristo para

que Cristo viva dentro de él por medio del Espíritu Santo. Como

escribió el apóstol Pablo: “Todos los que son guiados por el Espíritu de

Dios, éstos son hijos de Dios” (Ro. 8:14). Más adelante afirmó: “Con

Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo

en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de

Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá. 2:20).

Todos necesitamos ayuda – mucha ayuda. Nuestra fuerza

propia no basta para vencer debilidades y pasiones, vencer al

mundo y al mismo Satanás. El Dios que nos formó prometió

darnos la ayuda y fuerza espiritual que necesitamos. Jesús dijo:

“El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi

nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que

yo os he dicho” (Jn. 14:26). Luego afirmó: “Cuando venga el

Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad; porque no hablará

por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará

saber las cosas que habrán de venir” (Jn. 16:13).


El principal MENSAJE que Jesucristo vino a predicar fue

el venidero Reino de Dios. Leámoslo en el Evangelio según

Marcos: “Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea

predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se

ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed

en el evangelio” (Mr. 1:14-15).

Para recibir el Espíritu Santo y ser verdadero discípulo de

Jesucristo, es necesario ARREPENTIRSE de los pecados y CREER

en su evangelio. Si aceptamos el mensaje evangélico sobre el Reino

de Dios, debemos poner nuestra buena voluntad para obedecer las

LEYES de ese reino: Los diez mandamientos. Cuando un joven

le preguntó a Jesús: “¿Qué bien haré para tener la vida eterna?”

(Mt. 19:16), Jesús le respondió: “Si quieres entrar en la vida,

GUARDA LOS MANDAMIENTOS. Le dijo: ¿Cuáles? Y Jesús

dijo: No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso

testimonio. Honra a tu padre y a tu madre; y, amarás a tu prójimo

como a ti mismo” (vs. 17-19). En su respuesta Jesús hizo una

clarísima referencia a los diez mandamientos como CAMINO de

vida para quienes deseen alcanzar el Reino de Dios.

“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta,

y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los

que entran por ella... No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará

en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre

que está en los cielos” (Mt. 7:13; 21). Este es el PACTO que

firmamos con nuestro Creador en el bautismo.

Para toda persona que llegue a recibir la salvación de Dios,

la Biblia revela un maravilloso destino, mostrándole que el mismo

Dios se está reproduciendo en nosotros como sus verdaderos hijos

en un proceso que se inicia desde nuestra conversión. Pero

recordemos siempre que la verdadera conversión conlleva una

entrega total de nuestra vida y voluntad al Dios Todopoderoso.

Si nos entregamos a Dios en esa forma, Él nos va a

perdonar, luego a transformar y finalmente nos hará entrar en

el glorioso Reino como verdaderos hijos. Sin embargo, durante el

proceso, vamos a encontrar muchas dificultados y sufriremos

persecuciones al tratar de vivir conforme a las instrucciones de Dios

en lugar de seguir las tradiciones y costumbres de los hombres.

Pero jamás olvidemos las palabras del apóstol Pablo: “Tengo por

cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables

con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Ro. 8:18).

Nuestro pacto personal con el Creador al bautizarnos

incluye un compromiso de cambiar a lo largo de nuestra vida.

Debemos cambiar en lo que sentimos, en lo que hacemos, y

primordialmente en lo que SOMOS interiormente. La verdadera

conversión nos lleva a ser “hechos conformes a la imagen de su

Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos”

(Ro. 8:29).


Un saludo hermanos

ELISEO CUESTA





sábado, 11 de julio de 2020

LA NINEZ DE JESÚS

Jesús pasó su niñez y juventud en una aldea de montaña. No había en la tierra lugar que no habría resultado honrado por su presencia. Habría sido un privilegio para los palacios reales recibirle como huésped. Pero él pasó por alto las mansiones de los ricos, las cortes reales y los renombrados atrios del saber, para vivir en el obscuro y despreciado pueblo de Nazaret. 

Es admirable por su significado el breve relato de sus primeros años: “Y el niño crecía, y fortalecíase, y se henchía de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él.” En el resplandor del rostro de su Padre, Jesús “crecía en sabiduría, y en edad, y en gracia para con Dios y los hombres.” Su inteligencia era viva y aguda; tenía una reflexión y una sabiduría que superaban a sus años. Sin embargo, su carácter era de hermosa simetría. Las facultades de su intelecto y de su cuerpo se desarrollaban gradualmente, en armonía con las leyes de la niñez.

Durante su infancia, Jesús manifestó una disposición especialmente amable. Sus manos voluntarias estaban siempre listas para servir a otros. Revelaba una paciencia que nada podía perturbar, y una veracidad que nunca sacrificaba la integridad. En los buenos principios, era firme como una roca, y su vida revelaba la gracia de una cortesía desinteresada. 

Con profundo interés, la madre de Jesús miraba el desarrollo de sus facultades, y contemplaba la perfección de su carácter. Con deleite trataba de estimular esa mentalidad inteligente y receptiva. Mediante el Espíritu Santo recibió sabiduría para cooperar con los agentes celestiales en el desarrollo de este niño que no tenía otro padre que Dios. 

Desde los tiempos más remotos, los fieles de Israel habían prestado mucha atención a la educación de la juventud. El Señor había indicado que, desde la más tierna infancia, debía enseñarse a los niños su bondad y grandeza, especialmente en la forma en que se revelaban en la ley divina y en la historia de Israel. Los cantos, las oraciones y las lecciones de las Escrituras debían adaptarse a los intelectos en desarrollo. Los padres debían enseñar a sus hijos que la ley de Dios es una expresión de su carácter, y que al recibir los principios de la ley en el corazón, la imagen de Dios se grababa en la mente y el alma. Gran parte de la enseñanza era oral; pero los jóvenes aprendían también a leer los escritos hebreos; y podían estudiar los pergaminos del Antiguo Testamento. 

En los días de Cristo, el pueblo o ciudad que no hacía provisión para la instrucción religiosa de los jóvenes, se consideraba bajo la maldición de Dios. Sin embargo, la enseñanza había llegado a ser formalista. La tradición había suplantado en gran medida a las Escrituras. La verdadera educación debía inducir a los jóvenes a que “buscasen a Dios, si en alguna manera, palpando, le hallen.” Pero los maestros judíos dedicaban su atención al ceremonial. Llenaban las mentes de asuntos inútiles para el estudiante, que no podían ser reconocidos en la escuela superior del cielo. La experiencia que se obtiene por una aceptación personal de la Palabra de Dios, no tenía cabida en su sistema educativo. Absortos en las ceremonias externas, los alumnos no encontraban tiempo para pasar horas de quietud con Dios. No oían su voz que hablaba al corazón. En su búsqueda de conocimiento, se apartaban de la Fuente de la sabiduría. Los grandes hechos esenciales del servicio de Dios eran descuidados. Los principios de la ley eran obscurecidos. Lo que se consideraba como educación superior, era el mayor obstáculo para el desarrollo verdadero. Bajo la preparación que daban los rabinos, las facultades de la juventud eran reprimidas. Su intelecto se paralizaba y estrechaba. 

El niño Jesús no recibió instrucción en las escuelas de las sinagogas. Su madre fué su primera maestra humana. De labios de ella y de los rollos de los profetas, aprendió las cosas celestiales. Las mismas palabras que él había hablado a Israel por medio de Moisés, le fueron enseñadas sobre las rodillas de su madre. Y al pasar de la niñez a la adolescencia, no frecuentó las escuelas de los rabinos. No necesitaba la instrucción que podía obtenerse de tales fuentes, porque Dios era su instructor. 

La pregunta hecha durante el ministerio del Salvador: “¿Cómo sabe éste letras, no habiendo aprendido?” no indica que Jesús no sabía leer, sino meramente que no había recibido una educación rabínica. Puesto que él adquirió saber como nosotros podemos adquirirlo, su conocimiento íntimo de las Escrituras nos demuestra cuán diligentemente dedicó sus primeros años al estudio de la Palabra de Dios. Delante de él se extendía la gran biblioteca de las obras de Dios. El que había hecho todas las cosas, estudió las lecciones que su propia mano había escrito en la tierra, el mar y el cielo. Apartado de los caminos profanos del mundo, adquiría conocimiento científico de la naturaleza. Estudiaba la vida de las plantas, los animales y los hombres. Desde sus más tiernos años, fué dominado por un propósito: vivió para beneficiar a otros. Para ello, hallaba recursos en la naturaleza; al estudiar la vida de las plantas y de los animales concebía nuevas ideas de los medios y modos de realizarlo. Continuamente trataba de sacar de las cosas que veía ilustraciones con las cuales presentar los vivos oráculos de Dios. Las parábolas mediante las cuales, durante su ministerio, le gustaba enseñar sus lecciones de verdad, demuestran cuán abierto estaba su espíritu a la influencia de la naturaleza, y cómo había obtenido enseñanzas espirituales de las cosas que le rodeaban en la vida diaria. 

Así se revelaba a Jesús el significado de la Palabra y las obras de Dios, mientras trataba de comprender la razón de las cosas que veía. Le acompañaban los seres celestiales, y se gozaba cultivando santos pensamientos y comuniones. Desde el primer destello de la inteligencia, estuvo constantemente creciendo en gracia espiritual y conocimiento de la verdad. 

Todo niño puede aprender como Jesús. Mientras tratemos de familiarizarnos con nuestro Padre celestial mediante su Palabra, los ángeles se nos acercarán, nuestro intelecto se fortalecerá, nuestro carácter se elevará y refinará. Llegaremos a ser más semejantes a nuestro Salvador. Y mientras contemplemos la hermosura y grandiosidad de la naturaleza, nuestros afectos se elevarán a Dios. Mientras el espíritu se prosterna asombrado, el alma se vigoriza poniéndose en contacto con el ser infinito mediante sus obras. La comunión con Dios por medio de la oración desarrolla las facultades mentales y morales, y las espirituales se fortalecen mientras cultivamos pensamientos relativos a las cosas espirituales. 

La vida de Jesús estuvo en armonía con Dios. Mientras era niño, pensaba y hablaba como niño; pero ningún vestigio de pecado mancilló la imagen de Dios en él. Sin embargo, no estuvo exento de tentación. Los habitantes de Nazaret eran proverbiales por su maldad. La pregunta que hizo Natanael: “¿De Nazaret puede haber algo de bueno?” demuestra la poca estima en que se los tenía generalmente. Jesús fué colocado donde su carácter iba a ser probado. Le era necesario estar constantemente en guardia a fin de conservar su pureza. Estuvo sujeto a todos los conflictos que nosotros tenemos que arrostrar, a fin de sernos un ejemplo en la niñez, la adolescencia y la edad adulta. 

Satanás fué incansable en sus esfuerzos por vencer al Niño de Nazaret. Desde sus primeros años Jesús fué guardado por los ángeles celestiales; sin embargo, su vida fué una larga lucha contra las potestades de las tinieblas. El que hubiese en la tierra una vida libre de la contaminación del mal era algo que ofendía y dejaba perplejo al príncipe de las tinieblas. No dejó sin probar medio alguno de entrampar a Jesús. Ningún hijo de la humanidad tendrá que llevar una vida santa en medio de tan fiero conflicto con la tentación como nuestro Salvador. 

Los padres de Jesús eran pobres y dependían de su trabajo diario para su sostén. El conoció la pobreza, la abnegación y las privaciones. Esto fué para él una salvaguardia. En su vida laboriosa, no había momentos ociosos que invitasen a la tentación. No había horas vacías que preparasen el camino para las compañías corruptas. En cuanto le era posible, cerraba la puerta al tentador. Ni la ganancia ni el placer, ni los aplausos ni la censura, podían inducirle a consentir en un acto pecaminoso. Era sabio para discernir el mal, y fuerte para resistirlo. 

Cristo fué el único ser que vivió sin pecar en esta tierra. Sin embargo, durante casi treinta años moró entre los perversos habitantes de Nazaret. Este hecho es una reprensión para los que creen que dependen del lugar, la fortuna o la prosperidad para vivir una vida sin mácula. La tentación, la pobreza, la adversidad son la disciplina que se necesita para desarrollar pureza y firmeza. 

Jesús vivió en un hogar de artesanos, y con fidelidad y alegría desempeñó su parte en llevar las cargas de la familia. Había sido el generalísimo del cielo, y los ángeles se habían deleitado cumpliendo su palabra; ahora era un siervo voluntario, un hijo amante y obediente. Aprendió un oficio, y con sus propias manos trabajaba en la carpintería con José. Vestido como un obrero común, recorría las calles de la pequeña ciudad, yendo a su humilde trabajo y volviendo de él. No empleaba su poder divino para disminuir sus cargas ni aliviar su trabajo.

Mientras Jesús trabajaba en su niñez y juventud, su mente y cuerpo se desarrollaban. No empleaba temerariamente sus facultades físicas, sino de una manera que las conservase en buena salud, a fin de ejecutar el mejor trabajo en todo ramo. No quería ser deficiente ni aun en el manejo de las herramientas. Fué perfecto como obrero, como lo fué en carácter. Por su ejemplo, nos enseñó que es nuestro deber ser laboriosos, y que nuestro trabajo debe cumplirse con exactitud y esmero, y que una labor tal es honorable. El ejercicio que enseña a las manos a ser útiles, y prepara a los jóvenes para llevar su parte de las cargas de la vida, da fuerza física y desarrolla toda facultad. Todos deben hallar algo que hacer benéfico para sí y para otros. Dios nos asignó el trabajo como una bendición, y sólo el obrero diligente halla la verdadera gloria y el gozo de la vida. La aprobación de Dios descansa con amante seguridad sobre los niños y jóvenes que alegremente asumen su parte en los deberes de la familia, y comparten las cargas de sus padres. Los tales, al salir del hogar, serán miembros útiles de la sociedad. 

Durante toda su vida terrenal, Jesús trabajó con fervor y constancia. Esperaba mucho resultado; por lo tanto intentaba grandes cosas. Después que hubo entrado en su ministerio, dijo: “Conviéneme obrar las obras del que me envió, entretanto que el día dura: la noche viene, cuando nadie puede obrar.” Jesús no rehuyó los cuidados y la responsabilidad, como los rehuyen muchos que profesan seguirle. Y debido a que tratan de eludir esta disciplina, muchos son débiles y faltos de eficiencia. Tal vez posean rasgos preciosos y amables, pero son cobardes y casi inútiles cuando se han de arrostrar dificultades y superar obstáculos. El carácter positivo y enérgico, sólido y fuerte que manifestó Cristo, debe desarrollarse en nosotros, mediante la misma disciplina que él soportó. Y a nosotros se nos ofrece la gracia que recibió él. 

Mientras vivió entre los hombres, nuestro Salvador compartió la suerte de los pobres. Conoció por experiencia sus cuidados y penurias, y podía consolar y estimular a todos los humildes trabajadores. Los que tienen un verdadero concepto de la enseñanza de su vida, no creerán nunca que deba hacerse distinción entre las clases, que los ricos han de ser honrados más que los pobres dignos. 

Jesús trabajaba con alegría y tacto. Se necesita mucha paciencia y espiritualidad para introducir la religión de la Biblia en la vida familiar y en el taller; para soportar la tensión de los negocios mundanales, y, sin embargo, continuar deseando sinceramente la gloria de Dios. En esto Cristo fué un ayudador. Nunca estuvo tan embargado por los cuidados de este mundo que no tuviese tiempo o pensamientos para las cosas celestiales. A menudo expresaba su alegría cantando salmos e himnos celestiales. A menudo los moradores de Nazaret oían su voz que se elevaba en alabanza y agradecimiento a Dios. Mantenía comunión con el Cielo mediante el canto; y cuando sus compañeros se quejaban por el cansancio, eran alegrados por la dulce melodía que brotaba de sus labios. Sus alabanzas parecían ahuyentar a los malos ángeles, y como incienso, llenaban el lugar de fragancia. La mente de los que le oían se alejaba del destierro que aquí sufrían para elevarse a la patria celestial. 

Jesús era la fuente de la misericordia sanadora para el mundo; y durante todos aquellos años de reclusión en Nazaret, su vida se derramó en raudales de simpatía y ternura. Los ancianos, los tristes y los apesadumbrados por el pecado, los niños que jugaban con gozo inocente, los pequeños seres de los vergeles, las pacientes bestias de carga, todos eran más felices a causa de su presencia. Aquel cuya palabra sostenía los mundos podía agacharse a aliviar un pájaro herido. No había nada tan insignificante que no mereciese su atención o sus servicios. 

Así, mientras crecía en sabiduría y estatura, Jesús crecía en gracia para con Dios y los hombres. Se granjeaba la simpatía de todos los corazones, mostrándose capaz de simpatizar con todos. La atmósfera de esperanza y de valor que le rodeaba hacía de él una bendición en todo hogar. Y a menudo, en la sinagoga, los sábados, se le pedía que leyese la lección de los profetas, y el corazón de los oyentes se conmovía al ver irradiar una nueva luz de las palabras familiares del texto sagrado.

Sin embargo, Jesús rehuía la ostentación. Durante todos los años de su estada en Nazaret, no manifestó su poder milagroso. No buscó ninguna posición elevada, ni asumió títulos. Su vida tranquila y sencilla, y aun el silencio de las Escrituras acerca de sus primeros años, nos enseñan una lección importante. Cuanto más tranquila y sencilla sea la vida del niño, cuanto más libre de excitación artificial y más en armonía con la naturaleza, más favorable será para el vigor físico y mental y para la fuerza espiritual.

Jesús es nuestro ejemplo. Son muchos los que se espacian con interés en el período de su ministerio público, mientras pasan por alto la enseñanza de sus primeros años. Pero es en su vida familiar donde es el modelo para todos los niños y jóvenes. El Salvador condescendió en ser pobre, a fin de enseñarnos cuán íntimamente podemos andar con Dios nosotros los de suerte humilde. Vivió para agradar, honrar y glorificar a su Padre en las cosas comunes de la vida. Empezó su obra consagrando el humilde oficio del artesano que trabaja para ganarse el pan cotidiano. Estaba haciendo el servicio de Dios tanto cuando trabajaba en el banco del carpintero como cuando hacía milagros para la muchedumbre. Y todo joven que siga fiel y obedientemente el ejemplo de Cristo en su humilde hogar, puede aferrarse a estas palabras que el Padre dijo de él por el Espíritu Santo: “He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma toma contentamiento.”